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  Los relatos III
 

EL VERDADERO MONSTRUO [2011]

Era un día cualquiera, era un lugar cualquiera. El Señor R. se encontraba disfrutando de la soledad silenciosa de su hogar, de la tibia certidumbre que le proporcionaban los objetos a su alrededor, dispuestos en un entorno familiar y desarrollándose en una rutina conocida. La sensación en la nuca le recordó aquel viejo cliché de película de terror en que el protagonista —o infortunado actorsucho de rol secundario o terciario (tal vez sin siquiera más aparición que escasos minutos y sin más línea que un alarido desgarrador)— se da vuelta y encuentra algo terrible a sus espaldas. Casi riendo al recordar esas patéticas producciones volteó su cabeza —y su cuerpo con ella—, para encontrarse con... esto es lo raro e inesperado: un monstruo.

"Caramba", alcanzó a exclamar, apenas antes de que un violento movimiento de la mano o garra de aquella peculiar criatura le cercenara limpia y casi —si es esto posible— elegantemente la cabeza.

La misma cayó y rodó por el piso. Alcanzó incluso a detenerse antes de que las arterias ahora discontinuadas de su cuello comenzaran a bombear sangre contra techo y paredes. Grande fue la sorpresa (esta vez del monstruo) cuando vio que el cuerpo seguía de pie, al tiempo que la cabeza desde el suelo seguía con vida, y lo reprendía con un repertorio de insultos tan florido y fluido que daba cuenta de muy activas funciones cerebrales, las cuales son una rareza en cerebros pertenecientes a cabezas que han sido cercenadas.

De pronto el rostro, el cual pertenecía a la cabeza, detuvo su movimiento; esto al notar los signos de extrañeza en los rasgos del rostro del monstruo, si bien estos rasgos no eran tan fácilmente discernibles e interpretables para el Señor R. a causa de la falta de familiaridad con aquel ser. Luego, se percata de la inferioridad de su punto de vista (rasante con el suelo alfombrado de la habitación), el cual le permite observar las telarañas, hasta ahora desconocidas, debajo de la mesa ratona. Observa entonces el cuerpo que ha disminuido caudal y presión del chorro de rojo líquido proyectado contra el cielorraso, y advierte que este cuerpo se encuentra ataviado con una Robe De Chambre del mismo color verde musgo que la suya, y calza idénticas pantuflas de conejito, sólo que las que tiene él no están
—como en el caso de las pertenecientes a aquel extraño cuerpo sin cabeza— cubiertas de manchas de sangre.

Mientras el Señor R. termina de razonar, el monstruo continúa mirándolo, ahora boquiabierto, como si más que asustado se sintiera desamparado ante tamaña decepción; como demandándole una explicación con la mirada.

«Es... la primera vez que hago esto», solo atina a justificarse la cabeza, mientras el cuerpo —ya con solo un fino hilo de sangre deslizándose mortecino a través del pecho y hacia el
suelo— se encoge de hombros.


PERDER POR PERDER... UNA NOCHE MÁS [2011]

Una ventisca arrancó un soplo de tierra de la fría calle y este le pasó entre las piernas mientras el delgado sujeto de negro le extendía el formulario y la pluma. Luego de agarrarlo, en el momento en que se separaban las manos de ambos, sintió un hilo de dolor, ínfimo, y vio como en uno de sus dedos comenzaba a percibirse el fino corte, el que le debía haber infligido el siniestro personaje con sus largas uñas. Una gota de sangre engordó rápidamente, y la usó para mojar la pluma. El pulso no le tembló cuando desparramó su firma, entregándole por los siglos de los siglos su alma al señor de las tinieblas.

El papel, apenas firmado y aún en sus manos, se envolvió en llamas y transmutó en un pequeño portafolios conteniendo la suma de dinero pactada. Giró sobre sus talones sin mediar palabras con Belcebú y cruzó la calle. Ascendió los lustrosos escalones y traspuso la puerta vidriada que le abrieron. El rojo de la alfombra le hizo recordar el color de su sangre en el contrato, pero no se detuvo. Se desplazó a través del mantra de continuos, estruendosos sonidos, destellantes y enfermizas luces, pasando los tragos y los espigados cuerpos que los transportaban en bandejas, las risas, los grititos.

Ingresó sin vacilar en la mesa de póker VIP del casino y se sentó entre los rostros desconocidos, mientras un calor conocido comenzaba a subir por su cuerpo. Las cartas comenzaban a desplazarse por la mesa mientras sentía la saliva tibia que comenzaba a segregar llenarle la boca y cada gota de sudor escapar por los poros de las palmas de sus manos, frente y cuello. Las miradas se cruzaban, al tiempo que comenzaba la danza de las torres de fichas, apilándose y desmoronándose; mientras crecían, menguaban, cambiaban de dueño.

Lo sacaron de la mesa cuando dejó de ser "VIP", y quedó un momento detenido en medio del bullicio, sin saber bien como había terminado así. Contempló la última ficha en su mano, una sobreviviente roja de $100 que se había ocultado en el fondo de un bolsillo.

Buscó un lugar alrededor de la primera ruleta que encontró y cuando estuvo por comenzar a girar la puso en el rojo.

Negro.

Sólo entonces pareció romper el hechizo. ¿Que había hecho? Su esposa, su hija, toda su familia pasó por su mente en ese momento. Pero ya era tarde y no había marcha atrás. Pensar en lo que hubiera sido no era fructífero y no había sido tan malo. Debía emprender su viaje. Afuera lo aguardaba el oscuro, que a pesar de saber por viejo no pudo evitar arquear una ceja y preguntar:
—¿Ya?
Se retiró así del edificio. Feliz. Pero sin poder evitar sentirse bastante pelotudo.


SOBRE LA EVOLUCIÓN DEL PERRO Y APRENDIZAJE [2012]

Perrault eludió algunas sillas y algunos pies, provenientes de los cuerpos de los que, sentados en las primeras, esperaban su turno. Dejó atrás el murmullo burocrático, tanto el humano como el tecnológico —conformado por pitidos telefónicos, el constante repicar de teclas y el aullido intermitente de las impresoras de punto—, y ganó la calle. Había terminado con el trámite antes de lo previsto y disponía por tanto de algunos minutos de tiempo libre. Caminó con lentitud mientras consultaba el clima por el celular y chequeaba la agenda. Transcurren unas cuadras. Mientras terminaba de consultar el saldo por segunda vez en la mañana, se aproximó al cordón de la vereda, dispuesto a cruzar la calle, cuando se detuvo al ver un auto doblando certeramente la esquina. Fue entonces que desde el pórtico de una de las casas salió disparado un perro; desesperado comenzó a correr detrás del rodado, ladrando insistentemente mientras este desfilaba ignorándolo. Perrault contempló la escena desarrollarse; el auto fue tomando velocidad y el perro fue quedando rezagado, hasta detener su carrera a pocos metros de aquel bípedo que lo contemplaba con algo de curiosidad y algo de incredulidad.
—Pensar que dicen que el perro es un animal inteligente —dijo, mirando al piso y meneando la cabeza.
El perro pareció entender esto: levantó las orejas, al tiempo que enderezó su cabeza de perro, mientras abría más sus ojos, también de perro. A Perrault también le pareció que el animal se había conmocionado; pareció como tomado por sorpresa —herido, tal vez fuera la palabra— por su comentario.
Lo contempló un momento. Seguía contemplándolo cuando expulsó en voz alta lo que había reflexionado interiormente al momento de hablar la primera vez:
—Hace décadas que existen los autos, y los perros siguen ladrándole a los neumáticos. ¿No evolucionan?
Su voz fue neutra, lejana. No había odio en ella; solo un dejo de superioridad.
La expresión del perro se suavizó. Su mirada mansa no se movió de Perrault cuando, para estupor de este, respondió con impecable pronunciación:
—Dejando de lado el hecho de que la evolución es un proceso que transcurre a lo largo de decenas, cientos, de millones de años, donde el lapso de un siglo pasa desapercibido como un grano de arena en el simún, voy a inferir que por "evolucionar" quiso usted referirse a "aprender". El detalle que usted olvida, es que en los inicios de la era automotriz Ustedes también huían despavoridos ante esas "carretas sin caballos"; la diferencia es que con el correr de los años y al difundirse su uso, vuestros padres fueron capaces de transmitir ese conocimiento a la siguiente generación, lo que en nuestro caso se dificulta debido a su costumbre de separarnos de nuestros progenitores en nuestra más tierna edad. De todas formas, el enfoque del aprendizaje a todas luces obra desfavorablemente respecto del rol de juez que ha asumido usted haciendo uso de su membresía vitalicia al género humano —en apariencia indiscutible ser superior—, así como del concepto que tienen de sí mismos como "raza inteligente"; ya que si usted considera que un animal tan simple como un perro debería haber aprendido, o debería haberse habituado a los automóviles en tan solo un siglo: ¿como justifica que un ser tan superior como el humano, luego de varias decenas de miles de años desarrollando lenguajes, milenios de poseer el don de la palabra escrita, siga empeñado en plantear, discutir y/o resolver sus asuntos más importantes mediante bombardeos y otras acciones bélicas?
Perrault, quién permanecía con la boca semiabierta, la cerró; chasqueó los labios alzando brevemente las cejas, y se limitó a decir:
—No tengo que justificarlo.
—¿Por qué? —quiso saber el cuadrúpedo.
—Los perros no hablan.
Perrault enfundó el celular —no sin antes conectar los audífonos (los cuales ajustó a sus pabellones auriculares) y poner en reproducción un conjunto de archivos en formato mp3—, y meneando la cabeza cruzó la calle, dejando desahuciado al animal.


APUNTES SOBRE LA PERCEPCIÓN HUMANA [2012]

Manfredi miró, mientras el ascensor se desplazaba, a Gorriti; el día había sido muy largo para ambos, pero particularmente para Manfredi, y después de tantas horas encerrado junto a aquel hombre estaba mas que agobiado por su presencia; mucho más ahora, por la cercanía. Gorriti le devolvió la mirada al tiempo que explicaba:
—Puedo asegurarle —sostuvo con voz pausada y calma—, que lo que usted acaba de postular es erróneo. La física lleva años, centurias diría, mi querido ingeniero, utilizando el método científico (desde Sócrates y Aristóteles hasta las redefiniciones obradas por mentes como la de Newton y Descartes) por una sencilla razón: la escasa fiabilidad de las capacidades de observación del animal humano. ¿Qué es la realidad? ¿Qué considera usted como realidad? ¿La pequeña porción de universo que usted recibe, casi por cuentagotas, a través de sus sentidos? La vista, por ejemplo, al igual que los otros sentidos, ¿en qué consta? No más que un conjunto de impulsos eléctricos viajando por canales nerviosos a un cerebro, que hace lo poco que puede para interpretarlos. Las células fotorreceptoras que generan esos impulsos: ¿cuán fiables son? ¿Y ese cerebro que los analiza? El ojo humano apenas es capaz de captar una ínfima parte del espectro electromagnético: no capta frecuencias infrarrojas ni ultravioletas, mucho menos microondas, rayos x, gamma, ondas de radio... ¡ni siquiera somos capaces de resistir la exposición prolongada a muchas de esas longitudes de onda! Tampoco somos capaces de captar gran parte de los sonidos que nos rodean. En el tsunami ocurrido luego del sismo del Océano Índico no falleció ningún animal: ellos fueron capaces de captar con sus primitivos sentidos el advenimiento de la catástrofe, lo que no pudieron hacer nuestros avanzados instrumentos. Los heteróceros son capaces de captar el olor de la hembra a unos 11 kilómetros de distancia. No somos capaces de detectar leptones, ni electrones; en nuestro universo el 70% de la energía es energía oscura, y el 21% de la materia es materia oscura, las cuales no son captadas siquiera por nuestros más avanzados instrumentos, y cuya hipotética existencia solo intuimos por sus efectos gravitatorios; en este mismo momento miles, millones de neutrinos están atravesando este ascensor, a nosotros, al planeta, y nunca los veremos; nunca veremos un protón, un quark, un bosón de Higgs, un fonón; nuestro cerebro está impreparado para concebir figuras —o trabajar con matrices— de más de tres dimensiones, o entender la teoría de la relatividad con facilidad. ¡Piense, mi querido amigo, en la alegoría de la caverna de Platón! ¿Qué somos? ¿Existe el alma? ¿Y el cuerpo? ¿Estamos usted y yo realmente en un ascensor? Concretamente...
—Concretamente, hijo de mil putas —interrumpió Manfredi a Gorriti—, te tiraste terrible pedo.
—Permítame disentir en ese punto, mi querido...
El puñete, prolijamente emplazado por Manfredi en la cara de su colega, dio fin a su línea argumentativa.
Algunas discusiones no se discuten.



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