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  Escritura vertical VII
 

CHE CHOTA
 [2012-2013]

Cada vez...
lo sostengo y es involuntario
4, 9, 11
llego hasta el once en mi cabeza
el pulgar recién busca el 4
no alcanzo a apoyarlo
me acuerdo que ya no está
 
sigo sin llamarla,
antes no quería molestar
ahora no puedo
 
quedo con el teléfono en la mano
 
 
I.
 
Murió. Así como suena.
Sola.
Yo, al menos, no estaba
y creo que nadie
no sé cuanto habrán tardado en encontrarla
ya estaba fría
ya rígida
(para el debut de una enfermera y una hija)
y terminó donde terminó Carola
hace años, a los gritos,
esperando la morfina
terminó donde empezó
(empezó o recrudeció)
aquel miedo
silencioso
silencioso como la enfermedad
paciente
 
 
II.
 
son de pronto
tres llamadas, perdidas
y dos mensajes
de una persona que no puede 
o ya no quiere
abrir los ojos
 
es un llamado
y una noticia
que no lo es
ni lo iba a ser
a lo mejor no por
el cómo o el dónde,
un poco por el cuándo
 
y no sentirlo
 
 
III. Empty casket
 
Pensé que había sido con Blanca nomás
unos meses antes
      era Santa Fe
      en el momento crítico
      al ver de lejos el cajón
      y todavía no sé si atribuírselo
            a un mecanismo de defensa
            a mi humor negro
            o al pensamiento ingenieril
            (buscando problemas antes de que se presenten)
            o a que soy un hijo de puta
      pero lo primero que había pensado entonces
      al ver el rostro consumido y pálido
      asomarse por el ataúd abierto
      entre la tela casi tan pálida de la mortaja
      fue que con esa nariz el cajón no iba a cerrar
            [problema que el empleado de funeraria resolvió
            con bastante pragmatismo y poca ceremonia]
 
de vuelta acá
ahí está ella
ahí estaba
piel de calabaza
el cuerpo había que adivinarlo
lo intuía invadido por bultos,
plástico, puntos, clavos,
el rescoldo de todos esos dolores
 
pero el de toda esa vida...
 
yo ahí, portación de nada
con un montón
silencioso
de filosofía
 
así no era ella.


IV. Una metamorfosis
 
Hace cuanto que ya lo sabía?
Cuándo fue la cisura?
¿Cuándo se rindió? ¿Cuando supo que no rendirse no hubiera cambiado nada?
¿Cuando el miedo fue obsesión? ¿Fue Carola o fue antes?
¿Fue después, cuando cambió el verde por negro?
¿Cuando se cansó del limonero, de los pinos, de los cuentos?
¿Cuando no quiso otros "hijos"?
 
¿Una pérdida en partes?      (¿Existe eso?)
 
Un día deja de ver lo bueno en todo.
Un día de buscar caracoles,
tréboles de cuatro hojas, piedras de colores,
se seca la tinta de Carlitos
no revolea más al gato distraído al centro de la pileta
no nos ata con soga y no hay más picnic en el césped
no hay más primera estrella, cacería de luciérnagas
panes que no suben, tortas que no bajan
ratón inventor, la campanita de Oaky,
un dedo incómodo para Denzel
 
cambia
Neruda por Tinelli
Allende por Rial
una, dos, tres operaciones
cambia las caminatas
con el paso más ágil que vi
por encierro      (más encierro)
postigos, mirilla
se postra en el sillón
más encierro
 
cambia
las parras por rejas
el fresco que corre
por puertas, llaves, alarma
no salir, volver temprano
esa cara no me gusta
el miedo como ejercicio
 
encerrada en el sillón
una isla en la casa
      otra isla
      otro muro
 
que afuera pululan
las hordas bárbaras de Cristina
 
adentro
hordas más silenciosas
menos mediáticas
avanzan
 
comiendo cuerpo
comiendo familia
alimentando miedo
miedo que no murió antes
miedo que no va a querer morir ahora
 
 
V. Un prado sin piedras
 
me había preguntando
(creo que fuimos varios)
quién iba a recibir peor el golpe
 
debemos haber tenido la misma respuesta
      antes del primer momento que estuvimos
      con la princesa, los que iluminábamos sus ojos,
      con el cayo plantar y la pulga de la oreja
      (postre sin frutilla)
 
cada amiga, cada llegada
es reanudar el llanto
y en el final es verla
      (y seguir viéndola,
      ahora que escribo esto,
            sin dormir, en la cama,
            en el colectivo,
            esperando el café en la fábrica)
a la princesita gritando
desgarrada, desgarrando
 
sentir otra vez las ganas de abrazarla
hasta dejarla sin aire ni angustia
darle un beso y un sopapo
explicarle con palabras que no tengo
      que no existen
cosas que no pueden explicarse
aliviar ese dolor demasiado grande
metido en tan poco cuerpo
ahora la última mamushka
y vacía
 
con el de los 80 caramelos
mirándola atrás de un cristal
      como yo, sin saber que hacer
y lastimado
 
 
VI. Un prado sin plantas
 
acá cerca se aleja
más
y un páramo le gana terreno a la campiña
que ya no servía de suelo neutral
ya no pequeña Suiza
oblomovka perdida, para los cinco cachafaces
 
 
VII. (T/H)umores negros. Coda
 
No me lo dijo.
No sé si se lo dijo a alguien.
No quiero saber si pensó decírmelo.
«¿Viste que tenía razón?»
 
Se ofendía cuando le dábamos aliento,
tratábamos de que no piense.
Ella quería tenerlo.
Una mención hubo,
como una victoria pírrica.
No me lo dijo.
Pero yo sabía.
Como sé que el miedo,
vivir con el culo fruncido,
buscando bultos
(que no se menean),
buscando dolores
no sirvió para nada.
 
«Lo tengo» decía,
«el cangrejo»
      —a veces, no lo nombraba
      como "la que se arrastra"
      y "el de abajo"—
A veces no.
"El cangrejo."
No me lo dijo.
Yo tampoco le decía.
A veces sí.
 
«¿La que se arrastra? ¿Estás hablando de una víbora?
Porque algunos africanos también la llevan así...»
—se ofendía—
«No quiero que confundan a Belcebú con un chofer de subte.»
 
"Callate" decía.
 
"El cangrejo" decía.
 
A veces no le decía,
pero lo pensaba:
«tenés cáncer adentro,
no un amigo de Bobesponja,
Chechota».
 
(Otra vez mi humor negro
que tanto le jodía)
 
Se había lamentado por Spinetta,
y por Jobs y Badía también
¿Lo escuchabas, al flaco?
      (Podía ser, escuchaba a Los Redondos,
      a Hendrix, que le decía "Jendrish",
      pero eso también
      fue antes.)
 
«No, pero me siento hermanada —decía—,
compartíamos la enfermedad.»
Yo me callaba.
(«¿Que son, un club de fans ahora?»)
 
Me hubiera contestado como a la conchuda?
Tampoco lo voy a saber.
No le puedo preguntar,
ahora que me quedo
cada vez
con el teléfono en la mano,
el pulgar buscando el 4.
Con un montón de silencio.
 
 
 
Ahora no puedo,
antes no quería
preguntar
a aquella extraña
que no reía de los chistes
y me pedía que rezara.


LA INSOPORTABLE BREVEDAD DEL TWEET [2013]

«Detrás del éxito de todo gran artista,
está la miseria de un pequeño hombre.»
—Ewan Calpett, Espejo de sombras.
 
Nada, eso.


 
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